Eduardo Iglesias Brickles en Fundación Alon
Eduardo Iglesias Brickles en Fundación Alon
Se llevan muy bien el mundo de Roberto Arlt y el de Eduardo Iglesias Brickles. Amasadas gubia y formón en mano, las figuras del artista se meten en la piel de los personajes de Los siete locos. Hay en esas figuras algo adustas, tiesas, apesadumbradas o extremadamente melancólicas, huellas del nuevo objetivismo, del pop, de la obra gráfica del expresionismo de Ludwig Kirchner, Max Pechstein y Schmidt Rottluff, de ese trazo que es puro gesto. Todo, claro, a la manera brickeana.
Tras su paso por la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, Iglesias Brickles se metió de lleno en la xilografía y hasta fue ayudante en el taller de Aída Carballo. Arrancó con los grabados iluminados, que le permitieron no romper con los tradicionales requisitos del grupo de grabadores de la city y, al tiempo, experimentar con mayores márgenes de libertad. Después, modificó la antigua técnica hasta transformarla en pura paradoja: el taco devino un original. Así surgieron sus singulares xilopinturas. Esa invención tan suya donde el color se mete en las vetas de la madera y deja ver las huellas de la gubia: evidencia con fuerza única la resistencia del material. Cautivan los colores hiperluminosos, a veces puro flúo, en contraste con los planos negros. Con óleos, acrílicos, tintas de grabado, y con economía de recursos expresivos, el artista desata un universo enigmático, extraño.
En su obra, a las huellas de la gráfica alemana de entreguerras se suma la imagen tan característica de publicidad y cartelería. Acaso algo de esa pasión se deba a que Iglesias Brickles trabajó veinticinco años como diagramador, primero en editoriales, después en diferentes diarios. Hombre ecléctico, siguió su camino: se zambulló en el periodismo cultural, al tiempo que diagramaba, y hoy tiene una columna en la revista Ñ, y un blog de arte. Su vínculo con Arlt tiene larga data: lo leyó desde muy joven y, ya en la década del ochenta, cuando le consultaron qué escritor elegiría para ilustrar, no dudó: hizo una exquisita serie de aguafuertes para una edición para bibliófilos de El jorobadito y otros cuentos que es una verdadera joya.
En sus xilopinturas de Los siete locos captó al Arlt que puso blanco sobre negro deseos inconfesables y tristezas de la clase media citadina. Ese que Cortázar definió como un “Goya canyengue”, al tiempo que otros lo acusaban de no saber escribir. Ese, sí, que como sostuvo Piglia, mostró las relaciones entre el estilo literario y los estilos sociales, siendo uno de los primeros autores que nos permitió ver que no hay un solo modo de hacer literatura. Arlt dominaba la lengua. Lo suyo, está claro, no era el regodeo estetizante, sino meterse con lo más vital: tras su paso como cronista policial en el diario Crítica, comenzó a escribir en El Mundo sus famosas “Aguafuertes porteñas”, inolvidable columna esperada por los lectores, que arrancó los martes con tanto éxito que llegó a duplicar la venta de los demás días.
Como Arlt, Iglesias Brickles viene trabajando hace tiempo con el estereotipo porteño. Comparten, podría pensarse, cierta mirada expresionista, ácida, que, en sus xilopinturas, uno encuentra en esos hombres solemnes, de mirada perdida, enfundados en trajes como armaduras -a la espera del crimen soñado o del gran golpe-. Recuerdan a esos personajes grises de Arlt, y a la displicencia de los caballeros de Otto Dix, capaces de permanecer imperturbables ante la desgracia ajena, ahí, tan solo a unos pasos. En ese mundillo de burladores burlados, rencorosos, buchones, alienados, estafadores, canallitas fracasados y no tanto, se descubren distintas versiones del Rufián Melancólico, y de Erdosain, que va mutando desde uno cabizbajo, humillado –enseguida se reconoce al pobre tipo abandonado por su mujer- hasta otro cargado de odio planificando el asesinato de Barsut. Allí están también el delirante astrólogo, el farmacéutico, la mirada ida de la coja…
Al ver las obras, uno tiene la ilusión de caminar por las calles iluminadas por esos arcos voltaicos que Brickles transforma, algunas veces, en lunas de luz fría; otras, en espejos dorados. Y hasta parece posible toparse con Erdosain (¿acaso el fantasma hecho personaje del mismo Arlt, como sostuvo Onetti?) o con Gregorio Barsut, y sentir la desconfianza que evidencian esos hombres y mujeres hechos a golpe de gubia, que, sumado a la perspectiva por superposición de planos, vuelve la escena irreal, de ensueño.
Para hacer sus siete locos, Brickles buscó imágenes de época, seleccionó retratos de personas que le recordaban, como en un imposible déjà vu, a Erdosain, al astrólogo, y hasta hizo suya la novela convirtiéndose en personaje: se tomó fotografías que, modificadas digitalmente, usó como modelos para sus obras. Y, a partir de la novela, desató su mundo creando nuevas historias. En las últimas xilopinturas de esta serie, si bien uno percibe cierto clima de época y los personajes conservan ese recelo arltiano, ya tienen su propia piel, su propia sangre. De Los siete locos, queda el rastro de Arlt y el trazo inconfundible de Iglesias Brickles.
Marina Oybin
FUNDACIÓN ALON PARA LAS ARTES
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