Lajos Szalay en el Museo Municipal Eduardo Sívori
Lajos Szalay en el Museo Municipal Eduardo Sívori
Si nos atenemos a la biografía de Lajos, la última exposición entre nosotros a él dedicada fue en 1997, en la Galería Vermeer. Han pasado quince años; poco, si pensamos en varios grandes olvidados, pero aun así mucho para un hombre al que le debemos tanto... Y es sobre todo en el caso de los olvidos y las omisiones donde la ya aburridora debilidad de información y de memoria de los porteños hace agua, pues a la par que nos distraemos nos olvidamos, o los temas no nos parecen divertidos…y así, definitivamente, nos empobrecemos. El maestro Szalay, premiado en Hungría, becado en París –nada menos que con la intervención de Roualt–, decide viajar e instalarse en la Argentina, y no en cualquier lado. En Tucumán. ¿Todavía queda algún amateur que ignore, aunque no le guste, qué pasaba en Tucumán entre la segunda mitad de los años 40 e inicios de los 50? ¿Es que deberemos molestar otra vez al arquitecto César Pelli, para que nos lo explique? Pues bien, recordemos entonces que junto a Lino Enea Spilimbergo en Pintura, a Lorenzo Domínguez en Escultura y a Pompeyo Audivert o Víctor Rebuffo en Grabado, Lajos Szalay fue uno de los maestros que le otorgara brillo indeleble –imborrable a prueba de interesadas gomas ideológicas– a ese extraordinario fenómeno cultural que fuera durante aquella época el Instituto Superior de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán. Fue así que nuestros más grandes dibujantes, como Aurelio Salas y Carlos Alonso, se nutrieron en su cátedra, y hasta hoy descubrimos rastros de su propuesta en los artistas más jóvenes. Para no perder nuestra costumbre, una vez más el Museo Sívori es el encargado de traer a la consideración pública la figura de un gran artista de la Escuela de Tucumán. Después de Spilimbergo, de Domínguez, de Rebuffo y de Salas, ha llegado la hora de Szalay. Nos hemos impuesto el deber de refrescar la memoria de los amnésicos (y de llenar las lagunas de los ignorantes). Esa es una de las misiones centrales del Sívori, y la cumplimos con toda convicción. Y esto es todo lo que queríamos decir. Lo demás se lo dejamos a los ojos y al corazón, a la impetuosa precisión de su línea, a sus vacíos y a sus llenos, a sus manchas oscuras, a sus particulares más trabajados, a despecho de otros apenas sugeridos, que van articulando su universo, tan autosuficiente que el blanco y el negro que lo construyen son suficiente energía como para flexionar el espacio y dejarnos penetrar en él.
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